Pablo Giesenow es un abogado cordobés, que tiene su propio estudio jurídico y un puesto en el Tribunal de Cuentas de Córdoba. Es fanático del deporte, tiene dos hijos y poco más de 40 años. Sin embargo, al conocer su oficina rápidamente se intuye que “hay algo más” en la historia de Pablo. Algo que le significó un premio al optimismo y charlas en todo el país: “Soy una persona que le pone ganas y pasión a la vida”, dice convencido.

Lo que pasó fue tapa de diarios y noticia en medios locales. El 22 de enero del 2015 Pablo viajaba en su auto hacia Las Heras para saludar al padre por su cumpleaños. Tenía 37 años y muchas ganas de unos días “mano a mano” con sus papás. “Somos siete hermanos así que pretendía unos días viviendo como hijo único”, cuenta entre sonrisas el protagonista de esta nota.

Sin dispersiones ni negligencias, la lluvia y la noche hicieron que Pablo perdiera el control de su auto debido a un aquaplaning. Eso generó que chocara con el guardarrail de la mano contraria y la consecuencia fue un golpe que le hizo perder sus dos piernas: “Nunca perdí el conocimiento así que traté de mantener la calma”.

¿Qué te pasó emocional y mentalmente tras el accidente?
Al principio no entendía nada. Recuerdo que no tenía miedo ni era consciente que en ese accidente podría haber muerto. Sólo pensaba en cómo salir del auto, porque la espera me parecía eterna.

¿Siempre fuiste tan calmo?
Siempre. Si bien soy apasionado en lo que me gusta, pensar en positivo es algo que me caracteriza. Siento que podemos tener dificultades, pero se puede salir adelante.

¿Qué pasó cuando te dieron el alta y comenzó tu nueva realidad?
Al comienzo fue complejo porque sentía dolores y malestar. No podía dormir y estaba muy incómodo. Pero a los pocos días comencé la rehabilitación y a los 45 días volví a trabajar.

¿Nunca le diste lugar a la depresión?
Jamás. Me ayudó la gente que me rodeaba, me incentivaba el trabajo y notaba mejoras con el entrenamiento. De todas maneras, fue una decisión natural porque nunca me planteé otra opción.

¿Cuándo pudiste moverte sin silla de ruedas?
Estuve siete meses en sillas de ruedas hasta que probé mi primera prótesis.

¿Qué significó para vos ponerte de pie?
Fue un momento que aún recuerdo. Era un deseo muy fuerte pararme, pues lo necesitaba para al menos lavarme los dientes o buscar una camisa. Fue emocionante. Llegué a mis primeras prótesis por datos del espacio donde hacía rehabilitación y lo mejor fue que caminé desde el primer día, sin usar andador ni bastón.

¿Y luego llegó el deporte?
Cuando pude moverme con prótesis que me lo permitieran. Gustavo Díaz (quien se convirtió en mi amigo) leyó una nota en la que manifestaba voluntad de volver a correr y me llamó. Él tiene una ortopedia y tenía las prótesis indicadas.

¿Cómo empezaste?
Primero empecé con la bicicleta, gracias a mi amigo Gastón que me acompañó, luego empecé a correr y más tarde, llegó la montaña.

¿Escalaste el Aconcagua?
¡Sí! Llegué hasta los 5.000 metros de una expedición grupal. Fue una experiencia intensa y hermosa, cuando todo se volvió muy espiritual.

¿Y ahora en qué estás?
Estoy entrenando para un paratriatlón y otros deportes adaptados.

¿Pensaste alguna vez dedicarte a la política?
Me interesa lo social. Las redes me permitieron conocer muchas personas, a quienes visito y a veces me invitan a charlas inspiradoras. Me gusta ese rol. En lo político, estamos trabajando en un proyecto para crear una defensoría para personas con discapacidad.

¿Creés en algún dios o energía?
Creo que Dios se manifiesta en las personas. En mi caso, fue a través del comisionista que frenó para ayudarme cuando tuve el accidente, o los médicos y bomberos que me salvaron. Cada persona que se nos cruza y nos deja algo bueno, es la manifestación de un ser superior.

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