Mientras fuimos niños eran superhéroes indiscutidos. Dueños de fuerza, sabiduría y valentía inigualables. Protectores gigantes, creadores de verdad.

Al llegar a la adolescencia, se transformaron en todo aquello de lo cual necesitábamos diferenciarnos. Discusiones, puntos de vista encontrados, rebeldía vs. límites. El héroe de todas las historias se vuelve un anticuado fuera de onda al que no podemos comprender.

Pasan los años, la adultez llega y en ese momento nos reencontramos con ellos, desde un lugar nuevo, diferente. Son ellos, nuestros viejos. Los hombres que lo son, lo fueron. Los seres que nos enseñan que ser padre es un rol que excede la biología. Nuestros padres, quienes aportan parte fundamental en la construcción de nuestra estructura, identidad y valores. Heredamos su forma de ver el mundo, sus prejuicios, su manera de caminar y de decir algunas frases.

Siendo adultos, muchas veces nos toca deconstruir ciertos patrones paternos que nos duelen. Nos reconstruimos y somos una síntesis perfecta y hermosa entre presente y pasado. Historia y actualidad.

Los mandatos paternos, de alguna u otra manera, van a seguir colándose en nuestro día a día. Al tomar decisiones, hacer elecciones, educar a nuestros propios hijos. Conocer la historia de nuestros padres, nos permite entender muchas de nuestras conductas y emociones actuales. Padres no nacen, se hacen en la vivencia transformadora de cada hijo. Gracias a ellos, los de la camiseta puesta y transpirada, por entender que los buenos padres son los que no tienen en absoluto la certeza de serlo. Gracias por ser o haber sido la mejor versión de ustedes mismos.

 

Lic. en Psicología María Eugenia Bruno
Especialista en psicoterapia cognitiva
MP 8242
@psicologamariabruno
Ilustraciones: Milagros Raffaini

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