No te preocupes si después de conocer la historia de Denise Henry se te cae un lagrimón. Significa que te corre sangre por las venas. ‘Den’ es hija de padre haitiano y madre descendiente de italianos, transitó una larga lucha por una adopción internacional, es madre de cuatro niños y cuenta con un éxito laboral que tiene poco precedente. Todo eso, en apenas 36 años. Te presentamos nuestra mujer de tapa quien es superpoderosa por donde se la mire.

Denise empezó atendiendo el teléfono en Apex a los 18 años como parte de una pasantía para practicar inglés, ya que estudiaba traductorado. Fue creciendo en su rol y a los 28 asumió el puesto de COO global, logrando que la compañía pase de ocho a 34 clientes, con casi 5.000 empleados, además de convertirse en la única mujer del directorio. Eso sucedió en paralelo con su proceso para ser mamá de Gael (8 años), sumado al nacimiento de Benicio (6 años) y un embarazo múltiple que le trajo a Paz y Lupe (de 4 años). Pero hay más: desde hace un año, desarrolló junto a Consuelo Chasseing la aplicación ForMe, que crece en Argentina y se expande al exterior.

¿Cómo hacés con todo?
Creo mucho en el concepto de tribu y es algo que fomento. “Todo niño necesita criarse en una tribu”, dice un dicho africano al que adhiero porque no existe la vida en unidad y no hay éxitos ni momentos que puedan ser transitados en soledad.

¿Es algo innato o lo desarrollaste?
Desarrollé profesionalmente muchas habilidades blandas y me capacité para administrar las emociones. En mi vida tuve que gestionar muchas sensaciones de impotencia, enojo y hasta zonas en las que me percibí fuera de control. La clave fue aprender a manejar todo eso.

Si bien tu historia familiar comienza antes, con tu pareja y tu familia de origen, ¿podemos comenzar por la historia de tu hijo Gael?
¡Claro! A la historia de Gael la cuento mucho porque su identidad es lo más fuerte que tiene. Gael nació en Haití el año del terremoto, en 2010. Quedó refugiado en un orfanato donde nosotros lo conocimos con la intención de adoptarlo.

¿Fue una decisión de pareja adoptar un niño de Haití?
En realidad tuvo que ver con un deseo personal, que Paolo (mi esposo) entendió y tomó como propio. Mis ganas de ser madre adoptiva nacieron luego de un viaje que tuve a Haití, para conocer las raíces de mi padre. Pude sentirme tan agradecida por todo lo que tenía que quería amar desde un lugar vincular profundo: tenía que ser un hijo.

¿Cómo fue ese viaje? ¿Qué edad tenías?
Mi primer viaje a Haití fue a los 19 años, tiempo en el que mi padre vivía en Estados Unidos donde armó una familia junto a una mujer haitiana. Él nos invitó a conocer su tierra y viajamos con mi hermana. Cuando llegué a ese lugar encontré la otredad; era tan distinto todo: había gente bañándose en las acequias de la calle, niños con cabezas enormes y panzas hinchadas por el hambre, el centro sin asfalto y mucha pobreza. En ese lugar nació mi papá y ahí entendí sus necesidades de volver a las raíces.

¿De ahí la necesidad de adoptar un niño proveniente de ese lugar?
Claro. Pero el deseo surgió varios años después. Ya en pareja con Paolo habíamos intentado adoptar otro bebé pero su mamá decidió retirarlo del orfanato. Es algo común en Haití, ya que muchas mujeres usan estos espacios como refugio para que los bebés reciban vacunas y alimentación.

Hasta que llegó Gael… ¿Cómo fue la adopción?
Empezamos el proceso de adopción gracias a la esposa de mi padre (a quien paradójicamente no aceptaba hasta ese momento). Me ayudó porque a los ocho meses del nacimiento de Gael, Argentina rompió convenios con Haití y todo se complicó. Al desaparecer las agencias certificadas, sólo me quedó hacer una cosa: viajar a Haití cada tres o cuatro meses. Así empecé a hacer gestiones personales, con la ayuda de mi padre que habla creole (idioma haitiano). Fue todo muy difícil porque es un país abandonado, donde mueren decenas de personas por día, hay golpes de estado muchas veces en el año, conviven con enfermedades y más.

¿Cómo lo lograste?
Fue un desafío. Después de más de dos años de intentos, mi padre me llamó y me dijo que no íbamos a poder traer a Gael, así que viajé a Haití con Mona (la esposa de mi padre). Ya en uno de los últimos viajes, antes de traerlo a la Argentina, Gael no podía correr porque estaba con desnutrición y raquitismo. Sus muñecas eran anchas y no tenía músculos… verdaderamente se podía morir. Ante eso, comenzamos a hacerle estudios que demostraran su mal estado de salud y fuimos a la embajada de Argentina en Haití, con todos los certificados, para implorar que me lo dejaran traer a Córdoba. A las dos horas de ese pedido, iniciamos nuestro viaje a casa.

¡Cuánta emoción! ¿Recordás cada gesto, no es cierto?
Recuerdo la cara de la persona que me lo dijo, recuerdo la carta que escribí para que me atendieran, recuerdo los ojos de Gaelito. Por suerte está con nosotros, aunque mi guarda es humanitaria y estamos trabajando en la adopción.

Gael no parece ser el niño que describís, ¿cómo lograron su recuperación?
Mi hijo se rodeó de tribus: desde su pediatra que lo atendió con un equipo de 13 médicos, hasta su abogada, que hace el trámite como si fuera su propio hijo. Fue un tratamiento muy lento, de mucha paciencia. Llegamos a estar tres horas para ayudarlo a comer porque no sabía tragar. Ahora lo miro y siento admiración por todo el esfuerzo que hizo y cómo se convirtió en el hermano mayor que protege a los más chicos.

¿Recordás qué fue lo primero que te dijo Gael?
Cuando entré al orfanato, tras el terremoto de Haití, lo vi y él me dijo “qué lindo pelo que tenés, mamá”. Imagínate lo que lloré porque ¡me dijo mamá! Y recién nos conocíamos. Fue amor a primera vista.

Pero ya estaba el amor de Benicio, tu primer embarazo, ¿cómo fue eso?
Benicio me acompañó en todo. Con sólo ocho meses viajó con nosotros a Haití. Beni ama a su hermano y es un gran amor para mí.

Y luego llegaron las mellizas…
Increíble. Recuerdo que no podía creer que fueran dos (risas). Con Paolo queríamos tener una nena, pero llegaron dos. Me asusté un poco al principio, pero luego fue maravilloso.

En medio de todo eso te convertiste en COO y socia de Apex, ¿cómo hiciste?
El trabajo me permitía conectarme con otra cosa y me daba libertad económica para solventar los viajes y necesidades de mi adopción. Lo mismo con mis dos embarazos. No dejé mis tareas porque el trabajo me saneaba.

¿Te sentiste abrumada alguna vez?
Muchísimas veces. Hay mucho esfuerzo detrás de todo esto, pero siempre parto desde el deseo. Además, no estoy sola. Desde mi equipo laboral hasta el grupo de madres del colegio de mis hijos, todo lo que logro es gracias a otros.

¿Podrías distinguir tus fortalezas personales?
Ser hija de un padre negro y madre blanca, me fortaleció. En los ´90 no era “cool” ser negro. Recuerdo que en el jardín un compañero no me dejaba comer gallegas de vainilla y llegué llorando. Entonces mi papá me dijo “podés ser diferente para sentirte mal o para disfrutarlo”. Ahí entendí que ser diferente en lugar de limitarme me iba a expandir: todo lo que quiero, lo intento. Por qué no ser exitosa laboralmente y madre a la vez; si quiero las dos cosas, lo voy a intentar.

¿No le temés al fracaso?
Prefiero equivocarme a no intentarlo. Animarme a lo que viene, sin expectativas.

¿Tu costado más ‘intenso’ cuál es?
Como pareja soy muy intensa y creo que soy la versión más complicada de mi. Soy exigente y a veces me percibo un poco mandona (risas). Igualmente, con Paolo buscamos la libertad y los tiempos de pareja. Somos un buen equipo.

¿Te gusta la mujer en la que te convertiste?
Repetiría todo lo que hice. No cambiaría nada que me dejara en un lugar diferente a donde estoy hoy. Por más doloroso que haya sido, cada proceso hizo que esté acá.

De tal palo, tal astilla

Amalia Rosa es la madre de Denise. Ella atravesó momentos duros en su pasado y se propuso vivir la maternidad desde el amor. “Mi mamá es la mujer que más admiro y es un ejemplo para encontrar la felicidad desde la dificultad”, dice Denise al referirse a esta hermosa señora de pelo blanco y rasgos perfectos.

¿Cuál es la historia que tanto te inspira de tu mamá?
Estuvo pupila en un colegio de monjas desde los ocho hasta los 18 años. En el colegio se enfermó, pasó hambre y hasta la trataron mal. Pero toda esa historia, en lugar de hacerla una mujer depresiva, la fortaleció. En ella siempre vi una mujer que se levantaba y salía a la vida. Cuidó de su madre, estudió dos carreras universitarias, se casó con un negro al que mantuvo para que estudie y crió dos hijas tratando de hacer todos los días algo mejor.

Una mujer que te enseñó a perdonar, ¿no?
Mi madre y mi padre están divorciados hace 20 años y son quienes mejor hablan del otro. Su separación me genera mucha admiración, ya que siempre nos habló desde el amor, sabiendo que mi padre había armado otra familia en Estados Unidos. Aún tengo mucho que aprender de ella.

Pero tu mamá te regaló otra mujer que te cambia la vida, ¿no?
La otra mujer que me marcó es mi hermana, Evelin, quien siempre estuvo presente con una mirada maternal. Todavía hoy, con dos hijos, ella está bien si yo soy feliz.

 

2 COMENTARIOS

  1. Increíble….se merece todo lo que vive y tiene xq es una mujer increíblemente humilde y apasionada.

    Aplausos para ella una Grande!!!

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