Ecuador pasa muchas veces desapercibido en las listas de destinos de Latinoamérica pero tiene muchísimo que ofrecer. La belleza de sus ciudades coloniales y su autenticidad hacen que sea un destino recomendable. El sitio más popular, quizás, sea Galápagos, pero tras desandar los caminos ecuatorianos se descubren otros. Uno de esos es el Amazonas, que podría definirse como “un mundo aparte”.

Septiembre 2017: decidí viajar a Ecuador. No tenía mucha idea de lo que podía visitar, un poco porque quería sorprenderme y otro poco porque se trata de un país del que no abunda información en Internet (en comparación con otros). Quería recorrer algunas ciudades, pero me llamaba mucho la atención conocer parte del Amazonas y así fue como organicé pasar unos días en una reserva.

Debo confesar que tenía miedo, casi fobia, a los insectos y lo digo porque en Amazonas me expuse al contacto con más insectos de los que vi en toda mi vida, ¡pero valió la pena! Recuerdo una frase del guía que decía “acá hay más ojos que hojas” y estábamos rodeados de vegetación.

Después de una hora de vuelo, cuatro horas de transporte terrestre y dos de lancha, llegamos al Amazonas y me sentía en un documental de National Geographic. La vegetación es abrumadora, al igual que los sonidos, los colores y la inmensidad. El calor es muy intenso y se potenciaba con una humedad aplastante. Intenté dormir una siesta pero no podía dejar de transpirar aún quieta en la cama. Entonces decidí ducharme y tirarme en una hamaca paraguaya a leer. Llegó la hora de reunirnos y el guía nos comentó lo que significaba estar en Amazonas, desde los cuidados hasta las características de un lugar tan místico. Nos comentó que arrancaríamos a conocer la selva a la tardecita, que esperaríamos a que bajara el sol y saldríamos con linternas por los alrededores del campamento. Me sentí incapaz de hacer algo así ¿de noche por la selva? No. Pero el guía me convenció y me animé.

De a poco me fui relajando, escuchando los relatos sobre las plantas y los animales e insectos que íbamos descubriendo en el camino; entré en el mundo mágico de esa selva
que se abría frente a mis ojos temerosos. Vivimos un momento increíble cuando el guía
nos hizo parar en el camino, apagar todas las linternas y quedarnos en completo silencio: la inmensidad del Amazonas inundó cada centímetro de mi cuerpo, sentí el aire húmedo y fresco en cada poro de mi piel y los sonidos de la selva fueron la música perfecta para acompañar ese momento.

Al día siguiente salimos a recorrer uno de los cientos de ríos que se abren en el Amazonas y pudimos disfrutar de la belleza de los diferentes pájaros de colores que se cruzaban en el camino, de las tortugas de agua que se zabullían, de los monos que saltaban de árbol en árbol y de las mariposas que parecían acompañarnos. Hicimos paradas para conocer especies de árboles y animales y visitamos una de las tantas comunidades aborígenes asentadas en el lugar. Como si fuese una más, llegué a sentirme adaptada a la selva. Al pasar los miedos y conocer un poco más, se despiertan los sentidos y el Amazonas te llega al alma. De ningún viaje se vuelve siendo la misma persona pero de este en particular uno vuelve muy diferente. Amazonas maravilla, es una experiencia única en el mundo.

En el Amazonas ecuatoriano hay cinco comunidades nativas: Siona, Cofan, Shuara, Quechua y Secoya. Conviven, cada una en su territorio luego de un acuerdo con el gobierno sobre el uso y las actividades que pueden desarrollar.

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